Cuando llegamos a casa tras pasar por la pescadería o el súper, lo más normal es meter la compra directamente en el frigorífico sin pensar demasiado en el envoltorio. Sin embargo, investigaciones recientes han puesto el foco en cómo los materiales que protegen nuestra comida no son meros espectadores, sino que interactúan activamente con ella. Se ha comprobado que el contacto prolongado entre el plástico y el producto fresco genera una migración de sustancias químicas que terminamos ingiriendo casi sin darnos cuenta, un tema que desde luego trae cola en el ámbito de la seguridad alimentaria.
Este fenómeno no solo ocurre cuando calentamos un recipiente en el microondas, algo que ya sabíamos, sino que se mantiene a temperaturas muy bajas. Resulta que tanto el frío de la nevera como la congelación profunda no son barreras infranqueables para los aditivos plásticos. Los expertos han detectado que, con el paso de los días, diversos compuestos diseñados para dar flexibilidad a los envases acaban mudándose al tejido del pescado, lo que plantea nuevos retos sobre cómo conservar alimentos en el congelador sin comprometer su calidad en el día a día.
Un análisis exhaustivo sobre el almacenamiento en el hogar
El Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), trabajando codo con codo con la Universidad de Florencia, ha liderado un estudio pionero para ver qué pasa realmente en nuestras cocinas. Para no andarse con chiquitas, utilizaron muestras de salmón, atún y merluza, sometiéndolas a periodos de 48 horas de refrigeración y hasta un mes de congelación. Los resultados, publicados en la revista Environment International, dejan claro que el tiempo de contacto con el envase es el factor determinante para que estos contaminantes se transfieran al alimento.

Lo que hace que este trabajo destaque es que se centra en situaciones cotidianas, analizando materiales que todos tenemos a mano, como las bandejas de poliestireno, los films transparentes o las socorridas bolsas de congelación. Se evaluaron casi cincuenta contaminantes distintos y se vio que algunos de ellos, como el plastificante DEHA, tienen una facilidad asombrosa para moverse, alcanzando tasas de transferencia superiores al 95% en pescados con alto contenido graso. Es un dato que nos obliga a mirar con otros ojos esa bandeja que lleva una semana en el congelador.
La influencia de la grasa y el tipo de envase
No todos los pescados reaccionan igual ante el plástico debido a su composición química natural. Por ejemplo, se ha observado que especies como el salmón, al ser más ricas en grasas, actúan como una especie de imán para los compuestos lipofílicos, que se disuelven mejor en lípidos. Por el contrario, en pescados más magros o con mayor contenido en agua, como es el caso de la merluza, lo que más preocupa es la presencia elevada de bisfenoles, sustancias que se filtran con facilidad en entornos acuosos.
Durante las pruebas, se identificaron cuatro familias principales de sustancias químicas que saltan del envoltorio al plato:
- Ftalatos: utilizados habitualmente para dar maleabilidad a los plásticos.
- Bisfenoles: compuestos clave en la fabricación de resinas y policarbonatos.
- Ésteres organofosforados: empleados como retardantes de llama y plastificantes.
- Plastificantes alternativos: nuevas sustancias que sustituyen a las tradicionales pero que también migran.

Riesgos para la salud y el bisfenol A bajo la lupa
La preocupación no es solo teórica, ya que en casi la mitad de los escenarios analizados por el equipo científico se superaron los niveles de riesgo recomendados por las autoridades sanitarias. El principal culpable de esto es el bisfenol A (BPA), una sustancia que está en el punto de mira de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). De hecho, esta institución pegó un hachazo al umbral de exposición segura en 2023, reduciéndolo drásticamente al considerar que niveles que antes creíamos inofensivos podrían no serlo tanto para nuestro sistema endocrino.
Especial atención merecen los grupos más vulnerables de la población, como los bebés y los niños pequeños. Al tener un peso corporal menor, la concentración de estos aditivos en su organismo tras ingerir pescado envasado es proporcionalmente mayor. Los investigadores recalcan que, aunque un solo filete no suponga un peligro inmediato, la exposición acumulada a través de la dieta, sumada a lo que inhalamos o tocamos, es lo que realmente debería hacernos reflexionar sobre la necesidad de materiales más neutros y seguros.

Afortunadamente, las instituciones europeas ya se han puesto manos a la obra con una normativa que entró en vigor a principios de 2025 para limitar el uso de bisfenoles en contacto con los alimentos. Es un paso importante, pero los científicos advierten de que hay que tener un ojo puesto en los nuevos sustitutos que está introduciendo la industria, para no acabar cayendo en el mismo error de usar químicos de los que aún no tenemos datos suficientes. La clave para estar tranquilos en el futuro pasa por un seguimiento constante de los materiales y por fomentar envases que, además de ser cómodos y baratos, respeten al máximo la integridad nutricional del pescado que llega a nuestras mesas.
