Los comedores escolares en España estrenan una nueva etapa: desde la entrada en vigor del real decreto de alimentación escolar, los colegios están obligados a ofrecer menús claramente más sanos y equilibrados. La norma afecta tanto a centros públicos como concertados y privados, y pone el foco en que los platos dejen atrás el abuso de fritos, azúcares y ultraprocesados.
El cambio llega en un contexto marcado por la preocupación por la obesidad infantil y las desigualdades sociales relacionadas con la alimentación. El Gobierno busca que, al menos dentro del colegio, todos los niños y niñas coman igual de bien, independientemente del nivel de estudios o de la situación económica de sus familias.
Un real decreto que transforma los comedores escolares

El nuevo real decreto de comedores escolares regula la alimentación en los centros que imparten 2.º ciclo de Infantil, Primaria, Educación Especial, ESO, Bachillerato y Formación Profesional básica o media. La norma se publicó en el BOE hace un año y los colegios han contado con un periodo de adaptación para rediseñar sus menús y detalla el nuevo modelo de menú semanal.
El objetivo central es que la oferta de los comedores sea más saludable y también más sostenible que hasta ahora. No se trata solo de cambiar platos aislados, sino de revisar la estructura completa de los menús: frecuencia de cada grupo de alimentos, forma de cocinarlos, origen de los productos e incluso el tipo de envases que se utilizan.
El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, impulsor de la normativa, recuerda que España es el primer productor de frutas y hortalizas de la Unión Europea, con más del 26% de la producción europea, y uno de los principales del mundo. Sin embargo, menos de la mitad del alumnado toma fruta a diario, y el consumo de verduras es todavía menor.
Con este punto de partida, la idea es aprovechar el potencial del país como huerta de Europa para mejorar los hábitos alimentarios desde el entorno escolar. Las autoridades subrayan que lo que se come en el colegio influye en los patrones alimentarios que se consolidan en la adolescencia y en la edad adulta.
Más legumbres, fruta y pescado: así serán los nuevos menús
El real decreto dibuja un marco bastante concreto: los platos de los comedores se llenan de colores. Cobra protagonismo la presencia de hortalizas, legumbres, fruta fresca, cereales y aceite de oliva, mientras que la carne roja, los fritos y los productos azucarados pasan a un segundo plano.
Las hortalizas y legumbres deberán aparecer de forma habitual en los primeros platos. El objetivo es que las proteínas vegetales ganen terreno y que la fibra procedente de legumbres, frutas, verduras, frutos secos (cuando sea posible) y cereales integrales sea una parte importante de la dieta escolar.
En el caso de la fruta, la normativa fija que se ofrezcan al menos cuatro raciones semanales, dando prioridad a la fruta fresca como postre habitual, desplazando a la bollería, los lácteos azucarados y otros dulces, y optando por alternativas como una compota de manzana casera cuando proceda.
El pescado deberá servirse entre una y tres veces a la semana, combinando pescado blanco y azul. Los estudios sobre comedores escolares señalan que la mayoría de colegios cumple con las raciones totales de pescado recomendadas, pero se inclina casi siempre por el blanco, sobre todo merluza. La nueva orientación anima a que aumente la presencia de pescado azul, rico en omega‑3, como salmón, sardinas, caballa o anchoas.
Los huevos aparecerán entre una y dos veces por semana, y la carne tendrá un máximo de tres raciones semanales, de las cuales solo una podrá ser de carne roja. La carne procesada (como salchichas u otros elaborados) quedará limitada a dos veces al mes, una rebaja notable respecto a la situación previa en muchos centros.
Adiós a los fritos y a muchos ultraprocesados

Una de las grandes novedades es el giro en las técnicas culinarias permitidas en los comedores escolares. Se da prioridad a preparaciones como hervidos, guisos, platos al horno o al vapor, y se relega el uso de la fritura, que quedará muy restringido. La idea es que, por ejemplo, unas patatas fritas se sustituyan por un puré de patata o por otras guarniciones más ligeras.
En cuanto a los productos precocinados, el decreto establece que platos como pizzas, croquetas u otros rebozados listos para calentar solo puedan servirse, como máximo, una vez al mes. Con ello se intenta reducir de forma clara la presencia de ultraprocesados ricos en grasas de baja calidad, sal y aditivos.
También se pone coto a los azúcares añadidos y al exceso de sal. Se establece que la sal de mesa utilizada sea yodada y en cantidades moderadas, descartando modas como la llamada sal rosa o sal del Himalaya. Los criterios de salud pública que se citan recuerdan que un alimento sólido con más de un 10% de azúcar, o un líquido con más de un 5%, se considera no saludable, igual que aquellos que superan 1 gramo de sal por 100 gramos en sólido, o 0,25 g por 100 ml en líquido.
Los carbohidratos complejos deberán proceder principalmente de legumbres, frutas, verduras, frutos secos (cuando sea seguro) y cereales integrales. El pan integral tendrá que estar presente al menos dos veces por semana, según las tendencias del mercado del pan, mientras que arroces y pastas integrales deberán servirse cuatro veces al mes, dejando el resto de ocasiones al pan o pasta blancos.
En lo que respecta a los frutos secos enteros, seguirán prohibidos para menores de seis años por el riesgo de atragantamiento. Para el alumnado mayor, su uso también es limitado, en parte por el número creciente de alergias y por las dificultades de gestión en un comedor donde es fácil que haya contacto cruzado entre niños.
Máquinas expendedoras y cafeterías: fin de la barra libre de azúcar
El real decreto no se queda solo en el menú del comedor. También regula las máquinas expendedoras y las cafeterías escolares, que hasta ahora eran un punto de entrada habitual de bollería industrial, snacks salados y bebidas azucaradas.
En Infantil y Primaria las máquinas de vending seguirán directamente prohibidas. En los centros donde sí pueden existir, se introducen restricciones claras: los productos no podrán superar las 200 kcal por porción y quedarán vetadas las bebidas que contengan más de 15 mg de cafeína por cada 100 ml.
La bollería industrial y otros dulces muy procesados salen mal parados de la nueva norma. Especialistas en neuropsicología infantil, como María Luisa Ferrerós, recuerdan que estos productos generan picos rápidos de glucosa que se agotan en pocos minutos, provocando altibajos de energía y cambios emocionales bruscos en los menores, además de favorecer el consumo compulsivo.
El acceso al agua también se refuerza de forma decidida. El decreto establece que en los patios debe haber fuentes de agua potable gratuitas y que, en los comedores, se ofrezcan jarras de agua del grifo siempre que lo permita el suministro. En el menú escolar, el agua se consolida como la única bebida permitida de forma general.
Con estas medidas, el entorno del centro educativo se convierte en un espacio donde, a la hora de comer y beber, las opciones más sanas sean las más fáciles y habituales, y no al revés, como ocurría en muchos casos hasta ahora.
Menús especiales, diversidad y equidad en la mesa
La normativa también dedica un apartado importante a la adaptación a necesidades específicas del alumnado. Los centros están obligados a ofrecer menús especiales a aquellos niños y niñas que cuenten con un certificado médico que acredite alergias, intolerancias u otras patologías relacionadas con la alimentación.
Más allá de los motivos de salud, se prevé que se atiendan peticiones por razones éticas o religiosas. Si un colegio no puede preparar estos menús en su cocina, deberá al menos facilitar medios seguros para conservar y calentar la comida que las familias traigan de casa, evitando riesgos para la salud.
En un país con más de 386.000 alumnos y alumnas musulmanes, la demanda de platos que respeten las pautas halal va en aumento. El folleto informativo del Ministerio cita ejemplos como el Colegio Sagrados Corazones de Alicante, donde ya se elaboran menús específicos adaptados a estas necesidades culturales y religiosas.
Algo similar ocurre con las familias que optan por una alimentación vegana. Casi un centenar de centros escolares en España ofrecen ya menús veganos estructurados en torno a tres pilares: ética, sostenibilidad y salud. Uno de los casos que se mencionan es el de la Escola Lluçanès, en Prats de Lluçanès (Barcelona), integrada en el programa Mengem d’aquí, que impulsa una alimentación sana y sostenible con fuerte presencia de productos locales.
En este escenario, el comedor escolar se convierte poco a poco en un espacio donde conviven diferentes modelos de alimentación, siempre bajo el paraguas de los criterios de salud y seguridad alimentaria que marca la normativa estatal.
Sostenibilidad, producto local y críticas al alcance del decreto
Además de la salud, el decreto persigue que los menús sean más respetuosos con el medio ambiente y con el territorio. Por eso, se priorizan alimentos frescos frente a congelados, de temporada y de proximidad, con la intención de reducir la huella de carbono y apoyar, al menos en teoría, a la producción cercana.
La norma establece que casi la mitad de las raciones de frutas y hortalizas deberán ser de temporada y fija que, como mínimo, el 5% de los productos sean de origen ecológico. Traducido a la práctica, esto significa, por ejemplo, incluir al menos dos platos principales ecológicos al mes en el menú escolar.
Otro eje es la lucha contra el desperdicio alimentario. Se anima a los centros a ajustar mejor las raciones, reutilizar de forma segura ciertos excedentes y reducir el uso de envases monodosis, lo que también disminuye la generación de plásticos de un solo uso en el comedor.
Pese a estas intenciones, diversas organizaciones sociales, educativas y sindicatos agrarios consideran que el decreto se queda corto. Más de un centenar de entidades han firmado el manifiesto de la campaña «Escuelas que saben», que reclama una transformación más profunda hacia un modelo de comedor verdaderamente sostenible y justo.
Desde organizaciones como el Centro de Estudios Rurales y de Agricultura Internacional (CERAI) y la ONG Mundubat se critica que el porcentaje de productos ecológicos sea demasiado bajo y que las definiciones de proximidad y sostenibilidad sean vagas, lo que no garantiza una entrada real de la pequeña agricultura en las licitaciones públicas.
Estas entidades recuerdan que la compra pública de alimentos es una decisión política con impacto directo en la infancia y en el medio rural español. Además, señalan como punto débil la exclusión de la etapa de 0‑3 años de la regulación, justo cuando se consolidan muchos de los hábitos alimentarios que luego acompañan a los niños durante el resto de su vida.
En paralelo, iniciativas locales como el programa ‘Comedores Escolares más Sanos y Sostenibles de Barcelona’ ya estaban caminando en la dirección marcada por el decreto: menos carne roja y procesada, más proteína vegetal, y una clara apuesta por productos de temporada y proximidad. Para muchos, estas experiencias sirven de ejemplo de hasta dónde se puede llegar si se quiere profundizar en el cambio de modelo.
Con todo este paquete de medidas, los comedores escolares españoles afrontan un cambio de fondo que va mucho más allá de quitar unas patatas fritas del menú: se redefine qué se come, cómo se cocina, de dónde viene la comida y quién puede acceder a un menú adaptado. El reto ahora está en que las nuevas recetas resulten atractivas para el alumnado, que los centros puedan aplicar las exigencias sin ahogarse en trámites y costes, y que la compra pública acompañe de verdad a los productores locales que quieren formar parte de este nuevo escenario alimentario escolar.

