
El consumo de bebidas energéticas entre adolescentes se ha disparado en los últimos años y ha dejado de ser algo puntual para convertirse en un hábito casi cotidiano. Lo que antes se asociaba a ocasiones muy concretas, hoy forma parte del ocio nocturno, de las quedadas con amigos e incluso de la rutina diaria de muchos menores.
En España y en el resto de Europa, las autoridades sanitarias, asociaciones de familias y expertos llevan tiempo advirtiendo de que esta tendencia se ha convertido en un problema de salud pública. No solo por la cantidad de cafeína y azúcar que contienen estos productos, sino por el impacto que tienen sobre el sueño, el rendimiento académico, la salud mental y el corazón de niños y adolescentes.
Un consumo al alza entre los más jóvenes
Las primeras bebidas energéticas empezaron a comercializarse en la década de 1960, pero es en los últimos años cuando su consumo se ha disparado. Informes recientes del Ministerio de Sanidad y publicaciones especializadas como la Revista Sanitaria de Investigación señalan que, a finales de 2024 y principios de 2025, se observó una clara tendencia alcista, especialmente cuando estas bebidas se mezclan con alcohol en contextos de ocio.
Los grupos de edad que más consumen estos productos se sitúan entre los 15 y los 34 años, aunque la preocupación se centra sobre todo en la franja adolescente. Estas bebidas, diseñadas para “aumentar la resistencia física, evitar el sueño y estimular el metabolismo”, se han integrado en la vida social de los jóvenes hasta el punto de que muchos las asocian a diversión, energía y éxito.
Programas de investigación televisiva, como el reportaje “Bebidas energéticas: el precio del subidón”, han recogido testimonios de adolescentes españoles que relatan un consumo diario muy elevado. Algunos jóvenes llegan a beber hasta cuatro latas al día, habiendo comenzado a tomarlas con apenas 12 años. Muchos de ellos aseguran que ya “se han acostumbrado” y que en su grupo de amigos hay quien bebe todavía más.
Este nivel de consumo se ve favorecido por la normalización social y publicitaria de estos productos, presentes en supermercados, gasolineras, tiendas de barrio y máquinas expendedoras, a precios muy accesibles. Su venta no está restringida a adultos, por lo que cualquier menor puede comprarlas sin apenas obstáculos.
Datos preocupantes: casi la mitad de los adolescentes las consume
La magnitud del fenómeno queda reflejada en los datos que manejan organizaciones de ámbito estatal. Según cifras difundidas por la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnado (CEAPA), el 47,7% de los adolescentes de entre 14 y 18 años consume bebidas energéticas de forma regular.
Más llamativo aún es que el 38% de los menores de 12 y 13 años ya las ha probado, a pesar de que se trata de una etapa en la que el organismo es especialmente sensible a sustancias estimulantes como la cafeína. Para muchas familias, este uso precoz pasa desapercibido, bien porque desconocen la composición de las bebidas, bien porque las perciben como refrescos “un poco más fuertes”.
CEAPA advierte de que una parte importante de los padres y madres no es consciente de los riesgos reales que estas bebidas suponen para la salud de sus hijos. En numerosas ocasiones, los progenitores asumen que, si el producto se vende “con normalidad” en cualquier supermercado, es porque ha superado todos los controles necesarios y su consumo es seguro.
No faltan ejemplos de esta percepción: algunas madres y padres sostienen que, si un producto está en el mercado, “ya estará controlado por Sanidad”. Sin embargo, los organismos oficiales recuerdan que la autorización para su venta no implica ausencia de riesgos, sobre todo cuando se consumen en grandes cantidades o en edades tempranas.
¿Qué llevan realmente las bebidas energéticas?
La clave del debate está en su composición. Las bebidas energéticas comercializadas en la Unión Europea suelen contener altas cantidades de cafeína (hasta 32 mg por cada 100 ml), además de azúcares en grandes dosis y otros estimulantes como la taurina o determinados extractos vegetales.
Una sola lata estándar puede aportar entre 70 y 80 mg de cafeína, el equivalente aproximado a 2 o 3 cafés tomados de golpe. En el caso de los envases de mayor tamaño, se puede llegar fácilmente a los 160 mg de cafeína en una sola consumición, una cifra que en adolescentes se considera claramente excesiva.
Las autoridades sanitarias europeas obligan, a través del Reglamento (UE) 1169/2011, a que en el etiquetado de estas bebidas figure la advertencia “elevado contenido de cafeína: no recomendado para niños ni mujeres embarazadas o en período de lactancia”. Además, se debe indicar la cantidad total de cafeína por 100 ml y por envase.
Sin embargo, en la práctica muchos jóvenes no prestan atención a estas advertencias o ni siquiera leen la etiqueta. El diseño atractivo de las latas, los mensajes publicitarios y la asociación con deportes extremos, música, videojuegos o fiestas pesan más que cualquier aviso en letra pequeña.
Efectos sobre el sueño, el cerebro y el rendimiento escolar
La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan) y diversos grupos de investigación europeos han analizado los efectos del consumo de bebidas energéticas en adolescentes. Sus conclusiones apuntan a un abanico de problemas que van mucho más allá de un simple “subidón” pasajero.
Según Aesan, un consumo elevado de cafeína puede causar alteraciones importantes en el sueño: dificultad para conciliarlo, despertares frecuentes, insomnio crónico y cansancio acumulado. En edades escolares, dormir mal de forma continuada repercute directamente en la atención en clase, la memoria y la capacidad de aprender.
CEAPA se hace eco de estudios del CIBERESP y del European Journal of Pediatrics que señalan que los adolescentes que consumen con frecuencia estas bebidas tienden a sacar peores notas. El insomnio, la falta de descanso y la fatiga sostenida afectan a la concentración, aumentan los fallos de memoria y reducen el rendimiento académico.
Además, se han descrito efectos psicológicos y conductuales asociados a un consumo elevado de cafeína en menores: ansiedad, irritabilidad, nerviosismo, cambios bruscos de humor, agresividad e incluso síntomas depresivos. Estos cuadros pueden dificultar la convivencia en casa y agravar otros problemas emocionales preexistentes.
Impacto en el corazón y en la salud física
El sistema cardiovascular también se ve afectado. Entre los efectos más frecuentes se encuentran las taquicardias (aumento de la frecuencia cardíaca), la elevación de la tensión arterial y, en casos de ingestas altas y repetidas, la aparición de episodios de mayor gravedad en personas predispuestas.
Las bebidas energéticas suelen llevar también cantidades elevadas de azúcar, lo que aumenta el riesgo de sobrepeso, obesidad y alteraciones metabólicas, especialmente cuando se consumen de manera habitual y se combinan con una vida sedentaria. A esto se suman molestias digestivas, dolores de estómago y cefaleas, que muchos adolescentes no siempre relacionan con la bebida.
Desde una perspectiva a largo plazo, expertos y asociaciones de familias advierten de un posible aumento del riesgo de problemas cardiovasculares en la edad adulta si el consumo excesivo de estas bebidas se prolonga durante años. Aunque la investigación sigue en marcha, los organismos sanitarios recomiendan prudencia, sobre todo en menores.
Otro aspecto preocupante es el potencial de dependencia a la cafeína. Algunos jóvenes desarrollan tolerancia, es decir, necesitan cada vez más cantidad para notar el mismo efecto estimulante. Cuando intentan reducir el consumo, pueden aparecer síntomas de abstinencia como dolor de cabeza, irritabilidad y sensación intensa de cansancio.
La peligrosa mezcla con alcohol y el mito de la hidratación
Uno de los mensajes más claros de Aesan y de las autoridades europeas es la recomendación de no mezclar bebidas energéticas con alcohol. Esta combinación, muy extendida en el ocio nocturno juvenil, puede generar una percepción distorsionada del propio estado de embriaguez.
Los estudios citados por la agencia apuntan a que la cafeína puede disminuir la sensación subjetiva de borrachera, haciendo que el joven se sienta más despejado de lo que realmente está. Esto aumenta el riesgo de consumir más alcohol del previsto, conducir bajo los efectos del mismo o adoptar conductas de riesgo sin ser plenamente consciente.
Por otro lado, las bebidas energéticas no están pensadas para hidratar el organismo ni para ayudar en la recuperación física tras el ejercicio. A diferencia del agua o de ciertas bebidas isotónicas, no aportan las sales minerales ni la composición adecuada para reponer lo que se pierde con el sudor.
Aesan recuerda que, después de realizar deporte, beber productos ricos en cafeína y azúcar puede incluso empeorar la sensación de malestar, favorecer la deshidratación y no contribuye a la recuperación de los metabolitos que el cuerpo necesita. Pese a ello, muchos adolescentes las consumen tras entrenar, creyendo erróneamente que “dan más energía” para continuar.
Campañas de sensibilización y papel de las familias
Ante este escenario, asociaciones de padres y madres como CEAPA han comenzado a impulsar campañas de sensibilización dirigidas a las familias. Una de las más recientes utiliza el lema “Dan la lata, no alas” para contrarrestar la imagen publicitaria que presenta estas bebidas como sinónimo de libertad, éxito o energía ilimitada.
La iniciativa subraya que lo que se vende como un impulso positivo puede convertirse, en la práctica, en una fuente constante de problemas de salud y de convivencia familiar. Folletos informativos y materiales divulgativos explican de forma sencilla los principales efectos sobre el sueño, el sistema nervioso, el corazón y el rendimiento escolar.
Entre los riesgos que se destacan en estos materiales se incluyen: alteración del sueño, ansiedad, nerviosismo, agresividad, depresión, taquicardias, hipertensión, dolores de cabeza y de estómago, obesidad, problemas metabólicos, peor rendimiento académico y, a largo plazo, mayor probabilidad de conductas autolesivas o de asociación con otras sustancias como el alcohol.
Las campañas ponen el foco en que las familias son la primera barrera de protección frente a un consumo descontrolado. Se anima a madres y padres a informarse sobre comer ecológico, a leer las etiquetas, a hablar abiertamente con sus hijos e hijas sobre estos productos y a establecer límites claros, del mismo modo que se hace con el tabaco o el alcohol.
El entorno escolar también juega un papel clave. Centros educativos, orientadores y profesionales sanitarios que trabajan con adolescentes pueden colaborar en la educación nutricional y en la prevención, integrando este tema en charlas, tutorías y programas de salud escolar.
La realidad que dibujan los datos y los testimonios de expertos, familias y adolescentes muestra que el consumo de bebidas energéticas en menores está lejos de ser un simple capricho puntual: se trata de un fenómeno extendido, normalizado y cargado de riesgos. Con casi la mitad de los jóvenes de 14 a 18 años tomándolas de forma habitual y un número creciente de niños que las prueban cada vez antes, la cuestión ya no es solo cuántas latas beben, sino cómo afecta esto a su sueño, a sus estudios, a su salud mental y física y a sus hábitos a largo plazo. En este contexto, la información rigurosa, la vigilancia de las familias y la implicación de las instituciones se vuelven fundamentales para frenar una tendencia que, si no se aborda a tiempo, puede seguir “dando la lata” a toda una generación.
