
Cuando pensamos en comida espacial, todavía nos viene a la cabeza la imagen de tubos metálicos y sobres insípidos flotando por la cabina. Sin embargo, la misión Artemis II de la NASA, que llevará a cuatro astronautas a orbitar la Luna durante unos diez días, demuestra que la realidad es bastante más variada… y con un protagonista claro: las tortillas.
En este viaje de prueba de la nave Orión, la agencia estadounidense ha diseñado un menú extremadamente medido que debe funcionar sin refrigeración, sin reabastecimientos y en un entorno de microgravedad donde las migas son un riesgo técnico. Dentro de esa ecuación, las tortillas han pasado de ser un recurso práctico a convertirse en la pieza central del plan alimentario.
Las tortillas toman el relevo del pan en la Luna
La decisión de apostar por las tortillas no es un capricho gastronómico, sino el resultado de décadas de experiencia. Desde mediados de los años ochenta, cuando el astronauta mexicano Rodolfo Neri Vela propuso incorporar tortillas a los vuelos espaciales, la NASA comprobó que este tipo de pan plano solventaba uno de los grandes problemas de la comida en órbita: las migas.
En un ambiente de microgravedad, cualquier partícula que se desprenda de un alimento puede acabar flotando libremente por la cabina, introducirse en interruptores o sistemas electrónicos sensibles y provocar fallos. El pan tradicional, con corteza y miga suelta, quedó así prácticamente descartado para misiones de este tipo.
Las tortillas, en cambio, se mantienen compactas, no se desmoronan con facilidad y permiten preparar desde bocadillos improvisados hasta platos más elaborados, todo ello sin llenar de restos el interior de la nave. Para Artemis II se han cargado 58 tortillas, que harán de base para desayunos, comidas y cenas a lo largo de los diez días de travesía alrededor de la Luna.
Detrás de estas tortillas hay además una receta específica desarrollada por los equipos de alimentación de la NASA. Su formulación ha sido modificada para alargar su vida útil hasta unos 18 meses, evitando la aparición de moho y otros problemas de conservación sin necesidad de refrigeración, algo crucial cuando se trabaja en una nave compacta y autónoma como Orión.
Un menú con 189 platos y las tortillas como hilo conductor
Más allá de las tortillas, la despensa de Artemis II está lejos de ser monótona. La NASA ha preparado un catálogo de 189 alimentos y bebidas diferentes para cubrir las necesidades de los cuatro astronautas durante toda la misión, equilibrando nutrición, seguridad alimentaria y cierto margen de elección personal.
En el desayuno, la tripulación podrá combinar las tortillas con granola con arándanos, huevos revueltos, salchichas, quiche de verduras, pan plano de trigo o mezclas tipo muesli. El objetivo es ofrecer hidratos de carbono complejos, proteínas y grasas de calidad en porciones fáciles de manipular en ingravidez.
En las comidas principales y cenas aparecen platos que recuerdan más a un menú casero que a una misión espacial: macarrones con queso, carne de ternera estilo barbecue (brisket), brócoli gratinado, judías verdes picantes, cuscús con frutos secos o coliflor con calabaza butternut. Muchos de ellos pueden consumirse combinados con tortillas para crear “wraps” que se comen de un bocado, reduciendo el riesgo de que se escape algo del plato.
La parte vegetal del menú también está cuidada. La planificación incluye ensalada de mango, frutas tropicales, calabaza moscada y coliflor, además de mezclas de frutos secos y almendras caramelizadas pensadas tanto como aporte energético rápido como pequeño guiño de confort en un entorno tan exigente.
Para el apartado dulce y de tentempiés, los astronautas cuentan con galletas, chocolate, pudines, bizcochos y postres tipo cobbler. Todo ello se suma a una selección de frutos secos y cremas untables que pueden tomarse solos o sobre tortillas, algo que añade versatilidad a la carta diaria.
Salsas potentes y bebidas contadas para recuperar el gusto
Uno de los efectos menos conocidos de la vida en microgravedad es la pérdida parcial de olfato y gusto. Los fluidos corporales tienden a desplazarse hacia la parte superior del cuerpo, lo que genera una especie de “congestión” permanente que reduce la percepción de sabores. Para compensarlo, la NASA apuesta por condimentos intensos.
En la despensa de Artemis II viajan cinco tipos de salsas picantes, mostaza fuerte, miel, sirope de arce, mantequilla de cacahuete, mantequilla de almendra, mermelada de fresa y otras cremas dulces. Este abanico permite que cada astronauta adapte el sabor de sus platos, algo importante no solo a nivel sensorial, sino también psicológico.
Las bebidas también están medidas al milímetro. A bordo hay café, té verde, limonada, cacao, sidra de manzana y batidos de frutas como los smoothies de mango y melocotón o de piña. El espacio y el peso obligan a limitar la cantidad total, de modo que cada miembro de la tripulación podrá disfrutar de hasta dos bebidas saborizadas al día.
En total, durante la misión se consumirán 43 “tazas” de café adaptadas al formato espacial y repartidas entre los cuatro integrantes de Artemis II. El café sigue siendo un elemento casi ritual incluso a 400.000 kilómetros de la Tierra, y su presencia está pensada también como apoyo al estado de ánimo y a la rutina diaria.
En conjunto, esta combinación de tortillas como base, platos contundentes y salsas con carácter busca que, dentro de las limitaciones lógicas, la comida no se convierta en un mero trámite, sino en un momento reconocible de la jornada que ayude a desconectar brevemente de la presión de la misión.
Cómo se cocina (y se come) en microgravedad
El interior de la nave Orión no es una cocina al uso, pero dispone de los elementos mínimos para que la tripulación pueda gestionar su alimentación. Muchos alimentos viajan deshidratados y deben reconstituirse con agua, mientras que otros llegan termoestabilizados o irradiados, listos para calentar y consumir.
Para ello, los astronautas cuentan con un dispensador de agua potable que permite añadir la cantidad necesaria a cada ración, y un pequeño calentador compacto que utiliza resistencias eléctricas para servir los platos a una temperatura más agradable. No hay fogones ni hornos convencionales, pero el sistema permite disfrutar de comidas calientes con un manejo relativamente sencillo.
Durante el lanzamiento y el reingreso, por cuestiones de seguridad, estos equipos no pueden utilizarse. En esos periodos, los tripulantes solo tienen acceso a productos listos para comer directamente del envase, como barritas energéticas, frutos secos o ciertas preparaciones que no requieren agua ni calentamiento.
Los procesos de termestabilización e irradiación empleados en buena parte del menú garantizan que se eliminen bacterias y otros microorganismos sin que la comida se vuelva radiactiva ni pierda de forma apreciable su valor nutricional o su textura. Las autoridades sanitarias estadounidenses subrayan que este tipo de tratamiento es seguro y permite conservar los alimentos durante largos periodos, algo esencial cuando se planean misiones alejadas de cualquier cadena de suministro.
Al final, todo el sistema está pensado para que cada ración pueda abrirse, rehidratarse y comerse con el mínimo riesgo de que escapen líquidos o sólidos al ambiente de la cabina. En ese entorno tan controlado, las tortillas se convierten en aliadas perfectas: envuelven el contenido, se comen de forma limpia y ayudan a mantener el orden en un espacio reducido.
Menús personalizados para una tripulación diversa
El diseño del menú de Artemis II no se ha limitado a cumplir tablas nutricionales. Los equipos de la NASA han tenido en cuenta las preferencias personales de los cuatro astronautas —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen—, dentro de los márgenes marcados por la ciencia y la seguridad.
Antes del vuelo, la tripulación probó distintas opciones y evaluó cuáles se adaptaban mejor tanto a su gusto como a su tolerancia digestiva. A partir de ahí, se ajustaron las raciones para equilibrar gasto calórico, masa corporal y condiciones ambientales dentro de la nave, con el objetivo de mantener el rendimiento físico y cognitivo durante toda la misión.
La comida también se considera una herramienta de bienestar emocional. En un entorno aislado, sometido a horarios estrictos y a una carga de trabajo elevada, disponer de momentos de comida compartida ayuda a estructurar el día y a reforzar la sensación de equipo. Detalles como poder elegir una salsa favorita o un postre concreto pueden parecer menores, pero ganan peso cuando se está tan lejos de casa.
Además de los hidratos de carbono tradicionales, la NASA ha incorporado ingredientes como el amaranto, un pseudocereal rico en proteínas y sin gluten, pensado para contribuir al mantenimiento de la masa muscular y la salud ósea en un entorno donde la falta de gravedad favorece la pérdida de densidad ósea.
Todo este planteamiento convierte a las tortillas y al resto del menú en algo más que un simple suministro: forman parte del sistema de soporte vital, al mismo nivel que la gestión del aire o del agua, y se tratan con el mismo grado de planificación y control.
En conjunto, la misión Artemis II demuestra que hasta un alimento tan cotidiano como una tortilla puede convertirse en pieza clave de la exploración espacial cuando se combina con tecnología de conservación avanzada, una logística milimetrada y la necesidad de cuidar tanto el cuerpo como la cabeza de quienes viajan más allá de la órbita terrestre.
